Alberto Yarini: El rey de La Habana prohibida
Imagina La Habana de 1900: el aroma a tabaco y café flota entre las calles empedradas, suena un danzón a lo lejos y, entre el bullicio del puerto y el lujo de los salones, se mueve con la elegancia de un príncipe un hombre llamado Alberto Yarini y Ponce de León.
No era un político, ni un general, ni un magnate azucarero. Su reino era otro: el de la noche, el cabaret y los amores arreglados. Yarini era, sencillamente, el proxeneta más famoso y querido de Cuba. Pero espera, que la historia no es tan simple.
El "proxeneta" de clase alta.
Mientras otros rufianes operaban en las sombras, Yarini rompió el molde. Joven, apuesto, educado y de buena familia, vestía trajes de seda blanca, usaba joyas discretas y hablaba con la finura de un diplomático. Sus "pupilas" no eran figuras desdichadas, sino mujeres elegantes que atendían a la crema de la sociedad en los mejores burdeles del barrio de San Isidro. Él las protegía, las vestía con lujo y negociaba sus favores con la etiqueta de un negocio legítimo. Se granjeó una aura de galán protector, un Robin Hood canalla que repartía favores y vivía a todo tren.
La guerra que lo elevó a leyenda.
Su fama traspasó fronteras y molestó a los proxenetas franceses que querían controlar el negocio. La tensión estalló en una verdadera guerra de chulos. El punto culminante llegó un 20 de noviembre de 1910, en la calle Águila. En un duelo de pistolas al más puro estilo del Lejano Oeste —pero en pleno Centro Habana—, Yarini y sus hombres se enfrentaron a la banda rival. La balacera fue épica y Yarini cayó abatido a los 26 años, en la cima de su gloria mundana.
De delincuente a mito popular.
Aquí viene lo curioso: su muerte no lo oscureció, lo consagró. Su funeral fue una procesión multitudinaria, una apoteosis. Las flores llovieron sobre su ataúd, llevado por mujeres de la vida galante vestidas de luto riguroso. La Habana entera, la "decente" y la "no tan decente", pareció suspirar por el fin de una era de cierto código de honor, por extravagante que fuera.
¿Por qué se recuerda a un proxeneta con tanta fascinación? Yarini encarnó el espíritu contradictorio de una época: era a la vez un caballero y un marginal, un empresario del vicio y un hombre de pueblo. Representó el desafío a la hipocresía, el gusto por la vida y una lealtad a su "gremio" que rayaba en lo caballeresco. Su historia se mezcla en el imaginario cubano con el tango, el bolero, la traición y la muerte temprana, ingredientes perfectos para un mito eterno.
Hoy, si caminas por La Habana Vieja, puedes tropezarte incluso un bar que lleva su nombre en San Isidro. Yarini no es recordado como un criminal, sino como uno de los más populares reyes de las noches habaneras de antaño, un símbolo de cuando el pecado, para ser memorable, tenía que tener estilo.